APURIMAC FUE EL “WATERLOO” DE LOPEZ ALIAGA POR INSULTAR AL PUEBLO SEPULTÓ SUS ASPIRACIONES POLÍTICAS
* En política hay errores y también horrores. Luego están los actos que revelan, sin filtros, la verdadera relación que un candidato tiene con la gente a la que dice representar.
Lo ocurrido con Rafael López Aliaga en Apurímac no es un simple exabrupto ni una anécdota de campaña (Ojo que estaba sano). Es algo más profundo: la expresión de una forma de hacer política donde el desacuerdo ciudadano no se escucha, se enfrenta; donde la protesta no se entiende, se descalifica.
A voz en cuello gritó: Mentirosos de mierda, asesinos, ladrones es que la población de Abancay lo rechazó. Y bravuconamente amenazó con meter juicio a todos los que se oponían a su candidatura presidencial, cuando debió de reflejar el verdadero talante de un verdadero líder.
Hay una línea que no se puede cruzar sin consecuencias. Y esa línea es el respeto a la población. En Abancay, una ciudad que como muchas en el sur del país carga con años de abandono, la respuesta no fue indiferencia sino rechazo. Y frente a ese rechazo, lo que se esperaba de un líder era templanza. Lo que se vio fue confrontación y pérdida de papeles.
Pero lo que más incomoda no es solo el tono. Es la contradicción. No se puede, en un mismo acto político, deslegitimar a ciudadanos que expresan su disconformidad y luego intentar revestirse de autoridad moral. No se puede hablar de valores mientras se tensiona el vínculo más básico de la democracia: el respeto entre representantes y representados.
La política peruana ya ha visto demasiadas veces este patrón de la clase política: el líder que se endurece frente al pueblo y luego apela al mismo pueblo cuando le conviene o busca su voto. Esa incoherencia no pasa desapercibida, y menos en un país donde la desconfianza hacia la clase dominante es profunda.
El sur no es un escenario más de campaña. Es un termómetro. Y cuando ese termómetro marca rechazo, lo responsable no es confrontar.
La Región Sur – Noticias
















